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Kamilo 100fuegos

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Kamilo 100fuegos

Dicen que era un hombre de pueblo. Y lo fue. Su primera casa, entre las callejuelas empinadas e irregulares de Pocito, entre San Anastasio y Lawton, fue tan “lujosa” como podía ser la de dos emigrantes hispanos que vivían con el salario intermitente de un sastre, tenían otros dos hijos y padecían la crisis económica y política provocada por la dictadura de Gerardo Machado.
Peregrinó por varios alquileres con su familia. Cazó mariposas con los amigos, tal como dictan los Dos Milagros de Martí. Hizo travesuras, se fajó, nadó y jugó pelota. Un niño común. Ahorró el dinero de su merienda para colaborar con un hogar de huérfanos españoles. Recolectó ropa y comida para enviar a España en medio de la guerra civil.
Se apasionó con el arte. Transformó hojas de álamo, por costumbre familiar y con un poco de pintura, en marcadores de libros. Hizo dibujos. Matriculó en la escuela anexa de San Alejandro e intentó esculpir algunos rostros en piedra. Renunció para ayudar a la economía familiar. Y fue mojador de telas, mozo de limpieza, el mejor dependiente de la sastrería El Arte (cosas del azar). Heredero de las dotes danzarias de Emilia, su mamá; de las ansias de justicia de Ramón, su papá. La precaria situación que imponía el batistato a la Isla lo hizo emigrar con apenas 21 años.
Kamilo 100fuegos –como firmaba muchas de sus cartas a familiares y amigos– salió de Cuba en la primavera de 1953 rumbo a Estados Unidos, donde vio la posibilidad de ayudar a su familia, mejorar la economía del hogar y echarle una mano a los suyos con lo poco que ganó después, como sastre, en un taller de confecciones de Nueva York, o como ayudante de cocina en un Yacht Club de Long Island.
“Durante todo este tiempo que Camilo estuvo en Nueva York, más o menos siete meses, estuvimos vinculados a una organización patriótica de cubanos exiliados, Acción Cívica Cubana, que editaba un periódico que se llamaba La Voz de Cuba, para el cual escribió varios artículos. José Antonio Pérez era administrador de este periódico y nos vinculó a esta organización patriótica; participamos en actos y manifestaciones antibatistianas, antitrujillistas, antisomocistas, etc.
Recuerdo que al producirse los sucesos del Moncada, en julio, nos reunimos para ver de qué forma apoyar y colaborar con la causa de los asaltantes, pues este hecho nos había conmovido mucho a todos”, rememora su amigo y compañero de viaje, Rafael Sierra.
En carta a Reinaldo, hermano de Sierra, Camilo escribe desde San Francisco cómo conoció del asalto al cuartel en Santiago de Cuba:
“No puedo escribir cómo me sentí aquel domingo en que escuchando la radio dieron la noticia ‘que se estaba peleando en toda la isla’; fue tal mi desesperación que no tenía otra idea de ir para allá, como fuera; horas más tarde, cuando andaba en busca de los medios, salió en las primeras páginas de los periódicos que el intento insurreccional había fracasado. Ese ha sido el día que más he querido a Cuba; fue ese día que le di gracias a la madre natura por habernos ofrendado una tierra como esa el día de la creación, una tierra donde sus hombres de arrestos mambises, y arrojo sublime, se lanzan a la muerte, antes que vivir de rodillas”.
Al vencerse la visa en territorio estadounidense, Camilo y Sierra fueron deportados hacia México en 1955 y de la nación azteca a Cuba. Un año más tarde regresó a San Francisco, pero esa vez con el objetivo de recaudar fondos para viajar a México y unirse a los futuros expedicionarios del yate Granma. Así lo recuerda Sierra:
“Después de unos pocos meses, que le sirvieron para recaudar los fondos económicos necesarios para el viaje y la estancia, Camilo marchó hacia México. Isabel y yo fuimos a despedirlo a la terminal, recuerdo que iba vestido con un saco sport y nos despidió con su franca sonrisa. Ninguna de las dos personas que lo despedíamos aquel día nos imaginábamos entonces que llegaría a ser el héroe legendario que es hoy”.

Fuente:

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http://www.cubadebate.cu/especiales/2020/10/28/kamilo-100fuegos-en-la-hondura-de-un-pais/